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Valle de Guadalupe en peligro

Parte de mi niñez estuvo ligada al Valle de Guadalupe. Mi abuelo, aventurero, siempre ligado a la tierra, adquirió un pequeño predio en el cauce del río en el Valle.

Por Victor Alejandro Espinoza

Parte de mi niñez estuvo ligada al Valle de Guadalupe. Mi abuelo, aventurero, siempre ligado a la tierra, adquirió un pequeño predio en el cauce del río en el Valle. En aquél entonces trabajaba en el ferrocarril y los viernes en punto de las 15 horas terminaba su jornada y ya lo esperábamos “sus pistoleros” Abel y un servidor, y en muchas ocasiones nos acompañaba también Humberto, para emprender el viaje en su pick up, un Ford 48.

Claro que había una parada obligada. La tienda del Rey Romero. Nos pertrechábamos con unos refrescos, Manzanita, y una buena cantidad de conchitas. Llegábamos al Valle hacia las 5 de la tarde. Mi abuelo sembraba calabazas, tomates y otras verduras. Y tenía sus animalitos, entre otros un caballo percherón. La comida para el fin de semana la compraba en la Tienda La Chica, que estaba muy cercana del terreno.

Para ir al Valle tomábamos la carretera entre Tecate y Ensenada. Siempre antes de llegar tratábamos de ubicar Vallecitos, el Cañón del Burro y el Ojo de Agua. El cañón se identificaba por la cantidad de encinos y a veces nos deteníamos en el ojo de agua a tomar el líquido que salía fresco y cristalino. Era una maravilla. Mi abuelo, don Crispín Valle, era feliz al despertar en el Valle; y su orgullo era prepararnos unos sándwiches enormes (decía: “de tres pisos), que nosotros devorábamos. Era una maravilla.

Ese terreno, como muchas propiedades más, terminó regalándoselo al trabajador que lo cuidaba, al hacerse de un rancho cerca de Tecate. Años después, en 1983, a invitación del primer alcalde de oposición en la historia de Baja California, el ensenadense, David Ojeda, asumió el cargo de subdelegado de Francisco Zarco. Yo ya vivía en la Ciudad de México y me gustaba irlo a visitar. Tomaba el autobús que iba de Tecate a Ensenada y me bajaba al inicio de la calle principal del poblado. La subdelegación ocupaba una pequeña edificación de color blanco en donde despachaba mi abuelo, una secretaria y un policía.

Hace pocas semanas estuve en el Valle para asistir a un compromiso social. Fue inevitable pensar en todo lo relatado. El Valle de Guadalupe era un paraíso en el que la principal actividad era la producción de uva y lo derivado de los sembradíos y el ganado. Vino, quesos y verduras eran la principal producción. La vocación del Valle era la agricultura.

Lo que vi, incluso en una anterior visita seis meses atrás, fue descorazonador: una frenética actividad comercial que va engullendo las tierras que antes eran sembradíos de vid. Nula planificación del crecimiento que amenaza con la destrucción de la agricultura. La changarrización de la antes apacible vida en el Valle. Una tristeza inevitable ante la destrucción de un paraíso como lo fue el Valle. Al llegar a cualquier intersección de cruces: anuncios de uno y mil comercios: bares, cafés, restaurantes, lugares de concierto, etc.

El paisaje se va llenando de cabañas, hotelitos, cabañas rústicas (Glamping). Todo aquel que se hizo de un pequeño terreno lo quiere convertir en el mejor negocio del mundo. Incluso, sucede lo que en otros lugares antes apacibles: construyen casas enormes y las rentan el fin de semana para fiestas. No hay ningún respeto por el crecimiento ordenado y privilegiando la vocación del lugar. A todo ello agregamos la escasez de agua y tenemos la ecuación perfecta para la destrucción agrícola del Valle. Esta semana tuve oportunidad de conversar con una persona que su familia por generaciones se ha dedicado a la agricultura en el Valle. Coincide plenamente con mi diagnóstico desolador. Contaminación por ruido, depredación, permisos para construcción que no respetan el hábitat, la proliferación de conjuntos habitacionales, etc. Su respuesta a mi pregunta es contundente y clara: ¿cuál es el origen del desastre y destrucción de la vocación agrícola del Valle? “La corrupción”.

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