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Los caminos de la vida

La nueva correlación de fuerzas en la Cámara de Diputados hará mucho más difícil cambiar la Constitución

Por María Amparo Casar

En los próximos tres años, seguiremos por el mismo camino y con los mismos resultados. Vaya usted a saber por qué el Presidente nos puso en la mañanera: “Los caminos de la vida no son los que imaginaba…”. ¿Por qué imaginar resultados distintos andando por el mismo camino?

Mucho se ha criticado que los comentócratas han centrado su análisis del acontecer nacional en el Poder Ejecutivo y, de manera muy evidente, en su titular. No se trata de que los analistas seamos presas de la cultura presidencialista. Hay razones poderosas que explican por qué todo análisis comienza y termina en la figura presidencial. Porque, cuando creíamos superado el país de un solo hombre, vuelve a aparecer el espectro.

En 2018, se eligió a un Presidente con más del 50% de la votación; se le dio mayoría absoluta en el Congreso removiendo la necesidad de negociar leyes, nombramientos y presupuesto; al paso del tiempo se hicieron de la mayoría calificada en la Cámara de Diputados anulando cualquier contrapeso; la disciplina partidaria ha sido perfecta; la oposición, minoritaria y débil de por sí, ha actuado de manera fragmentada.

Más importante que la numerología, estamos ante un Presidente que no escucha razones, que no ha mostrado el menor asomo de poseer la virtud democrática de debatir, negociar, sumar, conciliar o convenir. Un Presidente que no tiene empacho en ejercer el poder al margen de la ley, ni la menor intención de cambiar el rumbo trazado a pesar de que las circunstancias se lo exigen y de que a tres años de Gobierno no ha podido entregar resultados mínimamente aceptables si los medimos contra sus promesas. Pensó, como Fox en su momento con Chiapas, que bastaban 15 minutos para resolver las cosas. Nunca meditó que acabar con la violencia y la inseguridad, la corrupción y la impunidad, la pobreza y la desigualdad requería algo más que deseo o voluntad. Menos aún pensó que estos problemas podían crecer bajo su tutela y responsabilidad.   

La nueva correlación de fuerzas en la Cámara de Diputados hará mucho más difícil cambiar la Constitución. No niego que por esa vía -la constitucional- se puede hacer daño a un país y que, si así lo decide la oposición, no habrá más reformas constitucionales. Pero ahí no está el meollo. Quedan las leyes secundarias, los nombramientos, las políticas públicas y el presupuesto. Queda, también, el ejercicio discrecional del poder presidencial que se resiste exitosamente a ser vigilado y acotado, la determinación inquebrantable de usarlo a su antojo y la debilidad de las instituciones políticas y sociales para frenarlo.

Ya tuvimos la primera probadita en las primeras sesiones de las cámaras. La Ley Federal de Revocación de Mandato, la Ley Orgánica de la Armada de México y la Ley Federal de Juicio Político y Declaración de Procedencia. Las tres de la mano del Presidente. Si el Presidente no consigue los votos para sus reformas constitucionales electoral, energética o para adherir la Guardia Nacional a la Sedena, ya encontrará la forma de hacerlo a través de leyes reglamentarias o de decretos que aún cuando se sujeten a acciones de inconstitucionalidad tardaran meses o años en ser resueltas.

A los senadores les tocarán la mayoría de los nombramientos o su ratificación. Tan sólo en este año: Tres comisionados del IFT; tres de Cofece; un vicepresidente de Inegi (otros dos en 2022 y 2024); tres de la CNH; un ministro de la Corte; el Gobernador de Banxico. ¡Casi nada! Los diputados tienen menos facultades de nombramiento, pero tendrán el enorme reto de seleccionar en 2023 por mayoría calificada a cuatro consejeros del INE en el contexto de una anunciada y, por lo que se sabe hasta el momento, regresiva reforma electoral.

En el paquete económico que se presentará el día de hoy se mantendrá vigente la estabilidad fiscal, pero ahí estarán de nuevo las prioridades de los últimos años: Más dinero a las cuatro obras emblemáticas independientemente de su irracionalidad económica y social; más dádivas en efectivo a programas que seguirán siendo opacos en sus padrones y entregas y cuestionables en sus resultados; más dinero a las fuerzas armadas, que no necesariamente a la seguridad; más a Pemex y CFE. Menos al fortalecimiento institucional, a los órganos autónomos, al desarrollo científico y tecnológico, a la cultura, a la defensa de los derechos fundamentales.

Las políticas públicas -el otro instrumento del gobernante- implementadas en esta administración, difícilmente merecen ese nombre. Es cierto que se definen los problemas, pero no los medios alternativos para solucionarlos, no el debate entre los expertos, no la experiencia, no el costo beneficio, no la corrección y ajuste y, desde luego, no la evaluación de resultados. Mismo camino, mismos resultados.

María Amparo Casar es licenciada es licenciada en Sociología por la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, maestra y doctora por la Universidad de Cambridge. Especialista en temas de política mexicana y política comparada.

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