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Puedo decir sin pena que toda mi vida he vivido del cuento, y que con cuentos he procurado dar alegría a mi prójimo.

Por . Catón

Hombre de cuentos soy, y no de cuentas. De éstas se encarga mi señora, y desde que nos casamos lo ha hecho con tal tino y sapiencia que no debemos nada a nadie y tenemos un decoroso pasar que nos permite vivir sin lujos, pero sin estrecheces. Ni envidiados ni envidiosos, como dijo el clásico. A mí los cuentos me siguen igual que sombra al cuerpo. Los hallo en todas partes, o ellos me encuentran a mí. Puedo decir sin pena que toda mi vida he vivido del cuento, y que con cuentos he procurado dar alegría a mi prójimo. Quiero pensar que algo he logrado a ese respecto, pues numerosos mensajes me llegan de lectores que me agradecen la sonrisa con el café de la mañana. No sé si lo que voy a relatar ahora es cuento que parece historia o historia que parece cuento. Tiene visos lo mismo de fantasía que de realidad. La narración la hizo en mesa de grata convivencia un talentoso y apreciado amigo cuyo nombre no pongo por no tener su autorización para ello. Desde luego no contaré el suceso -imaginario o verdadero- con la gracia con que él lo relató, pero de cualquier modo he aquí la historia... Doña Savia era señora viuda. Estaba disfrutando los 10 años de viudedad -mínimamente- a que toda mujer casada tiene legítimo derecho. Los maridos, la verdad sea dicha, somos por lo regular muy neciecitos, sobre todo cuando los años se nos cargan, y por eso nuestras esposas deben gozar ese descanso sin el estorbo ya del viejo. Tendría que haber una ley que nos obligara a los señores a tomar el camión al otro mundo en tiempo tal que permitiera a nuestras sufridas consortes reponerse de las muchas fatigas e incontables molestias que les causamos a lo largo de los años que duró nuestra unión, sobre todo si su duración fue larga. Doña Savia, a más de viuda, era mujer prudente. Casi siempre va una cosa con la otra. Su conocimiento de la vida era muy grande, y los consejos que daba -sólo si se los pedían- se basaban en la experiencia y la razón. La buena señora tenía tres hijas: Lila, Lola y Lula. Un año de edad separaba a cada una de la otra, pues su madre las había tenido en rápida sucesión. Todas estaban casadas y vivían en la misma ciudad. Una noche Lila se presentó en la casa de su madre y le dijo que venía a vivir con ella. Se iba a divorciar, pues su marido le había salido muy borracho. “Nada de que mi hija se viene a vivir conmigo -la rechazó doña Savia-. Lo borracho se quita. Váyase usted a su casa; lleve a su esposo a Alcohólicos Anónimos y conserve su matrimonio”. Reconoció Lila que su mamá tenía razón y regresó al domicilio conyugal. Pasaron unas semanas, y ahora fue Lola quien llegó a la casa de su madre. “Vengo a vivir con usted, mamá -le anunció-. Mi marido me salió muy mujeriego”. Otra vez doña Savia le negó asilo a la hija. “Nada de que se viene usté a vivir conmigo. Lo mujeriego se quita. Conquiste nuevamente a su marido; ejercite con él sus artes de mujer; sedúzcalo con habilidades y destrezas en la cama. Haga, en fin, que ninguna hembra le guste a su hombre más que usted. Pero conmigo no viene a vivir. Regrésese a su casa y conserve su matrimonio”. Supo Lola que su madre estaba en lo cierto y volvió al lado de su esposo. Pasó un tiempo y he aquí que Lula acudió a la casa materna. Le dijo a su madre que venía a vivir con ella, pues iba a pedir el divorcio. Le preguntó doña Savia: “¿Por qué quiere divorciarse mi hija?”. Respondió Lula: “Porque mi marido es muy güev…”. “¡Bienvenida sea mi hija a la casa de su madre! -le dijo doña Savia a Lula al tiempo que la estrechaba amorosamente entre sus brazos-. ¡Divórciese y véngase a vivir conmigo! ¡Lo güev… nunca se quita!”. FIN. 

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